¿Pero en qué nos estamos convirtiendo?, ¿qué es lo que estamos haciendo de nosotros mismos? No sabemos ni quiénes somos ni a dónde vamos. Nos estamos volviendo egoístas y lo único que nos interesa es aparentar. Solamente deseamos que vean de nosotros lo que no somos. Se nos olvidan los afectos, la sinceridad, la humildad… El más influyente en esta desdichada sociedad es aquel que no ha dado un palo al agua en su vida, pero sin embargo lleva el mejor coche y viste con la mejores marcas. Y encima lo envidiamos. Ya no valoramos a aquellas personas que trabajan y se dejan la piel día a día por sus hijos o por su propia supervivencia. Sino que coronamos como Dioses del mundo a aquellos que se ríen del resto de los habitantes del globo terráqueo, y estafan por doquier. ¿Dónde nos ha llevado nuestro egocentrismo? Las familias se desmoronan. Es más importante un mísero euro que el abrazo de una esposa, de un hijo o  de una hija. Es más importante el dinero que el afecto de aquellos que hacen que nuestra vida tenga sentido.

Al hacer un examen de conciencia, me remonté junto con mi imaginación a la época de mis padres. Quizá sea una simple utopía social creada por mi decepción de lo que estamos haciendo de nosotros mismos, pero por un instante, sumergida en mi propia fantasía, estaba segura que antes era rico aquel que se enamoraba y decidía casarse y formar una familia. A ese le había tocado la lotería porque se sentía querido y rodeado de los suyos. Entonces la familia era una unión y todos iban a una. Ahora no hay más que ver la tele y la cantidad de programas que nos muestran que hoy en día los hijos somos los que mandamos en los padres. Y encima los martirizamos a insultos y sufrimiento. ¿Es que nadie se para a mirar eso?

En ese momento, cuando estaba tirada en la cama pensando en esto, me acordé de mi padre, de mi madre (sobre todo de ella, que me dio la vida) y de mi hermana. Me di cuenta que los que dan sentido a mi vida y me han hecho ser quién soy son ellos. Me han educadoy sin embargo a veces, como hija que soy, no lo valoro y me vuelvo, por momentos, egoísta y caprichosa Porque estamos rodeados de esa gente que tanto les gusta fingir ser perfectos y nos dejamos influenciar  siendo vulnerables a lo material, y hacemos de las cosas inertes nuestra fuente de vida. Quizá haya más de un afortunado que no se deje influenciar, pero lo dudo.

Al escribir esto no pretendo dar un sermón al estilo sacerdotal de las misas u obligar a los lectores a que den la razón a mis reflexiones. Solo deseo que cuando terminen de leer este artículo y ,en algún momento del día, se tumben en la cama o se echen en el sofá indignados porque no tienen riquezas materiales o no son una influencia social, examinen su vida y valoren que tienen un hogar cálido y acogedor, un marido, una esposa, unos hijos o unos padres que os quieren y una vida por delante para demostrar que sois auténticos y únicos. Una vida para dejar de influenciarse por las apariencias y el lujo, y dar privilegio a los sentimientos y a esas personas que, cuando nos sonríen por la calle y pronuncian un simple “hola”, hacen que nuestro día y nuestra existencia tenga sentido.