La última vez que estuve en Frailes pude hojear el último número de Frailespático. No me refiero a este portal, ya más maduro, sino a la entrañable publicación escolar que tiene el mismo nombre elaborada por los niños del Santa Lucía. Sin ese paquete de folios grapados nunca habría nacido el actual de costuras digitales. Cómo no le voy a tener cariño. Fue el primer periódico donde garabateé cuando no sabía qué era la verdad ni la objetivad ni otros cuentos chinos. Ahora es mi sobrina Aroa quien pone el apellido Cano dos décadas después con la misma inocencia.

Estaba, como decía, echándole un vistazo a ese puñado de folios cuando deparé en la primera página impar tras la portada, creo recordar, el editorial. El texto, firmado por la directora del colegio Rosario Sánchez (es su apellido, si no me vuelva a fallar la memoria), venía a ser una dulce invitación a la lectura, un canto instrumental al placer de viajar sin mover los pies. “No olvidéis leer un libro estas vacaciones”, decía, más o menos, la profesora del centro. Estuve por vomitar justo después de leer el consejo de la directora. No porque discrepe de su mensaje, que –como se dice en misa- me parece justo y necesario, sino porque uno empieza a estar harto del cinismo contemporáneo. Decir una cosa y hacer justo la contraria acaba por ser un signo de nuestro tiempo. Me explico: hace como medio año fui a visitar a la señorita Rosario, como la llamábamos entonces, para hablarle del actual Frailespático. Le dije que habíamos creado una suerte de periódico digital sobre el pueblo y que me gustaría que la publicación en papel de la escuela pudiese colgarse en nuestra página virtual. Ella no tenía ni idea. Cuando le dije “internet” y “Frailespático” me habló de su repudia por una versión antigua de mal gusto que tenía el mismo nombre. No se había enterado la maestra del encomiable transito entre aquella publicación y la que hoy informa a los fraileros. “Ahora es sería”, le dije para ganarme su credibilidad y así lograr que la versión de los escolares aterrizase en nuestra web. “Lo consultaré”, me respondió con el mínimo entusiasmo.

Los meses se escurrieron uno tras otro y me quedé esperando la contestación de la señorita Rosario. Así, llegó nuestra primera publicación en papel y, para demostrarle que nuestro trabajo era concienzudo, llevé a la escuela el primer número impreso. Se lo di en la mano, después de darle dos sinceros besos. “¿Has pensado en lo que te comenté?”, pregunté con cara de niño bueno. “Sí, he hablado  con mis superiores. Me dicen que los niños pueden colaborar contigo a título individual, pero que, al ser menores de edad, el Colegio no puede colgar sus publicaciones en Internet”. Me quedé chorreando. Me despedí, con cara de gilipollas, y ahí quedó el asunto. No entendí (ni entiendo) que el marco legal ponga trabas al desarrollo cultural de los niños. No, no lo pillo.

Que no se interprete este artículo como “la pluma díscola de Frailes le arrea también a la directora del colegio”. Solo quiero decirles a las madres del pueblo que sus hijos pueden colaborar desde ya con este Frailespático que navega a sotavento en la marea revuelta de internet. Y a la directora Rosario, de quien tengo buen recuerdo, que predique con el ejemplo. Si quiere que los niños lean ábrale todas las puertas para que, al mismo tiempo, escriban. Se lo agradecerán años más tarde. Tal vez entregándole un periódico.