Como solía ser un niño bueno esperaba la Navidad con la ilusión de ver si los Reyes Magos estarían a la altura de mi rectitud. Nunca fallaron; los regalos llegaban cada año sin suspense. Yo era un muchacho justo. Sin muchos avisos, me hice mayor y joven al mismo tiempo. Y la Navidad cobró otro sentido: prefiero ahora la  sencillez de la chimenea, las reuniones con los amigos, el coloquio sereno, la vuelta a casa, el ron y el frio. Ya  no soy un niño. He decidido obviar la porquería moral que supone esta época luminosa y consumista porque tengo un refugio que sostiene eso que llamamos “el espíritu navideño”.

Creía que Frailes, mi tierra firme, era el escenario ideal para vivir estos días con paz y alegría. Qué ingenuo. Aunque me lo he pasado genial, recordaré el final de 2011 como uno de los episodios más lamentables de la historia reciente de nuestro pueblo. Y el motivo fue, adiós sorpresa, el dinero. Que Frailes se haya convertido en una suerte del Chicago de los años 30 con la gente entrando en los bares por la puerta de atrás, decorándolos de humo prohibido y alcohol a deshoras, es divertido y excitante. El problema es que en esta historia se cuela alguien que decide interpretar el papel de malo creyendo usar la piel del bueno, del justo. Hasta la fecha para atacar al otro, al rival, solo empleaba las cuchilladas verbales, deporte pasional de la villa. Esta vez fue con todo: con la Ley, con la Guardia Civil y con la convicción de obrar en sintonía con su conciencia. Y con tanto ímpetu a punto estuvo de congelar las atrevidas celebraciones del humo. En su legalísima guerra solo conquistó una victoria y dejó una víctima. No hubo fin de año en el renacido Pub Sierras porque otra estocada del hombre que asegura someter siempre sus actuaciones a la Ley hubiera descosido los bolsillos de una familia con menos pulcritud legislativa. Está claro que no era por dinero, sino una cuestión de justicia…

Así se arrasa la idea de comunidad en un pueblo: reconociendo que, ante un problema, no hay mayor fracaso del diálogo que la expresa renuncia al mismo. No todos los conflictos entre dos actores se solucionan invocando a una artillería de abogados y policías. Está la palabra, la conversación, la compresión y el puto espíritu navideño. Pero no me hagan mucho caso. Ya no soy un niño.