No hay tiempo que perder. Está prohibido lamentarse en el camino por cuestiones triviales que solo pueblan el reino de la mediocridad. La vida es limitada y hay que invertirla en lo que de verdad importa. Bien lo sabía el genial profesor norteamericano Randy Pausch, quien en su última conferencia regaló al mundo un testamento vital de incalculable valor. Un cáncer de páncreas del tamaño de un elefante, según aseguraba con macabro humor el experto informático, puso límite a su tiempo. No había nada que hacer. Expertos de medio mundo trataron, sin éxito, de curar su enfermedad o, en su defecto, de proporcionarle más días dignos. El 25 de julio de 2008 Pausch murió. Su marcha no sorprendió a nadie porque ya anunció que cedía ante el paso fulminante de  la muerte un año antes en su conferencia “Alcanzar realmente los sueños de tu infancia”. Aquel día, se dedicó  a hablar de la vida, de la obligación que tiene todo humano de luchar por ser lo que quiere ser. Apeló al espíritu del niño soñador como motor constante para construir el futuro personal. Y su discurso resultó creíble no solo por emocionante, sino porque detrás había una persona auténtica. No cayó Pausch en sensiblería ni en juegos de lágrima fácil (como a veces peca el abajofirmante). Mandó  un mensaje claro y directo: “Señores, me estoy muriendo. Pero decido vivir lo que me queda con alegría. Y les digo que no se puede perder el tiempo”. También hizo algunas flexiones, ante la risa y admiración del público, para expresar una disonancia perversa: estaba en plenas facultades físicas pese a que más de una docena de tumores torturaban su organismo. Algunas de las perlas verbales que soltó aquel día fueron: “experiencia es lo que obtienes cuando no logras lo que querías”, “cuando te equivocas solo hay que decir ‘lo siento, fue culpa mía, ¿qué puedo hacer para remediarlo?’” o “no puedo decidir las cartas, pero sí jugar las manos”. Monumentos al sentido común y a la sabiduría que no quiso llevarse al féretro o compartirlos únicamente con su mujer y sus tres hijos. La belleza de su coloquio era regalarlo a cientos (millones, gracias a la Red) de desconocidos. Tuvo igual mensaje de despedida para las personas que más quería que para el resto del planeta. Nada que ver con el egoísmo de estos tiempos donde imperan la envida sin cuartel, el canibalismo racional y el orgullo de ser ignorante. Tres años después, la última clase de Randy Pausch alienta a quienes persiguen la libertad a través de la búsqueda de sus metas. Fue un trabajador especialista en  máquinas, buen profeta de la esencia humana. Siempre merecerá la pena escuchar las palabras de un hombre que le cantó a la vida en el umbral de su propia muerte. No hay tiempo que perder.

La úlitma lección de Randy Pausch