Abrasa el sol con rabia desde las primeras horas de la mañana hasta que desaparece en la antesala de la noche y deja día tras día su cálida herencia en forma de bochorno asfixiante. Llega el verano. Las sombras, tan sospechosas en el resto de las estaciones del año, se convierten en el escenario más deseado por todos cuantos viven los días estivales bajo una distintiva aura que armoniza delicadamente la energía y el cansancio. Las terrazas de los bares, los parques, las piscinas, las cuevas, las huertas, los chalés y las casas rurales se funden con el verano generando huellas de vida. Es entonces cuando emerge del asfalto ardiente el palique como una ola refrescante dispuesta a despertar de la siesta a los más aturdidos por la atmósfera caliente. Desde Los Picachos a Las Cuevas, desde Las Roturas a Las Huertas, los fraileros deciden agregarse en pequeñas manadas para incubar charlas con las que combatir las altas temperaturas. Valen en todos los barrios todas las conversaciones; las corrientes y rutinarias, las profundas y místicas, las que no dicen nada y las que con muy poco se atreven a revelar las más recónditas verdades. Y son también de perfiles varios los interlocutores: predominan, por desgracia, los profetas del blablablá, los parlanchines adictos al cotilleo y los machistas de lengua floja, pero también pueblan este reino algunos habladores cuerdos que dan color y sentido a sus pláticas así como, en peligro de extinción, salen de sus hogares otros pocos que siendo tan lúcidos visten de locos y que desconciertan con sus reflexiones porque no queda claro cuánto de verdad y cuánto de ficción hay en sus palabras. Todos estos construyen el discurso del verano tan heterogéneo como su propia liturgia; mientras el mundo anciano debate sobre la vida de ayer sentados en la noche persiguiendo  el aire fresco fuera de sus hogares, los jóvenes llenan de alcohol y ruido sus intentos de coloquios en Las Carboneras. Irrumpe también el palique cuando alguien desea desnudar sus secretos para compartirlos con sus vecinos al ritmo de las copas o cuando algún Romeo desesperado lo invoca para alcanzar a su amada y prometerle sino toda una vida, una noche de verano. En todas sus formas, la conversación es la mejor terapia, la más sencilla y excitante. Y aunque no lo recomienden los médicos, está claro, no hay mejor refresco ni mejor charco que un buen palicazo.