Un buen (o mal) día dejas de ser alcalde. De la noche a la mañana esa carga pesada que ha extenuado tus fuerzas provocándote interminables horas de insomnio se desvanece para recordarte que siempre fuiste un ciudadano. Te paras a pensar en la responsabilidad enorme que asumiste tantos años de forma legítima, concedida por el pueblo para hacer feliz al propio pueblo, y en el ideario que empleaste para ayudar a quienes te habían elegido porque creían en ti y te necesitaban. Repasas con pulcritud tu trayectoria, recuerdas tus virtudes sin vanagloriarte, enumeras tus desaciertos sin caer en la autocondescendencia, piensas en tu trabajo como representante de una comunidad municipal y te interpelas acerca de si hiciste todo lo posible para lograr el desarrollo de tu pueblo. Recuerdas como te miraban aquellos que tanta devoción y lealtad te profesaron en su día y ahora, absuelto de la exigencia del cargo, buscas de nuevo sus miradas. Sientes como si te clavaran un punzón en el estómago cuando te agachan la cabeza y compruebas que aquellos, los de ayer, hoy ya no son los mismos. Y te preguntas en qué momento les fallaste o por qué ellos te dieron la espalda. Pero al mismo tiempo acaricias la más cálida satisfacción cuando notas en tu espalda las mismas manos que hace tiempo te animaron a desempeñar la titánica empresa de gestionar una alcaldía. Otros siguen ahí, contigo. Su afecto te reconforta porque  no hay fidelidad más hermosa que la que une a las personas por encima de los cargos. Te quieren por ser tú y no por ser alcalde. Piensas en las horas que pasaste en el coche camino de Jaén, la tierra donde otros señores más grandes que tú  decidían qué cantidad de dinero destinarían a tus ciudadanos. Recuerdas a quienes te ayudaron cuando estabas verde como las aceitunas y los grabas en tu memoria de por vida. También rememoras a quienes fueron tus contendientes, a quienes ‘combatían’ desde otras ideas empotradas en siglas diferentes. Nunca fueron enemigos, solo querían emplear otros caminos distintos a los que tú edificaste. Y no les guardas rencor ni siquiera ahora que, fuera de la escena política, sientes la derrota de tu partido tan tuya como cuando eras el actor principal de victorias ya pasadas. Miras frente a frente al poder y te sientes liberado.

Un buen (o mal) día te conviertes en alcalde. De la noche a la mañana el esfuerzo de tantos años se traduce en el objetivo deseado. Sientes que esta vez sí llegaste a la gente y que por fin valoraron la calidad de tu proyecto. Percibes, de repente, una brisa especial recorriendo tu espacio más íntimo; la responsabilidad te rodea y mides la dimensión del pacto que acabas de firmar. Juras el cargo leyendo a viva voz un libro que habías visto otras veces, pero esta vez pronuncias cada sílaba ante los ojos de quienes te quieren y de quienes te han encomendado el futuro del pueblo. Te sientes muy vivo, la ilusión se convierte en tu imprescindible aliada porque por vez primera cobra el color de la victoria. Ha llegado el momento de demostrar lo que puedes hacer por tus vecinos. Adviertes la importancia que tendrán todas las decisiones que tomaras en los próximos años y calibras la necesidad de generar sintonía con todos los agentes sociales del municipio. Apenas has empezado a trabajar y ya sientes el peso de la deuda que tienes con  aquellos que te han elegido. Las expectativas de los demás no te abruman más que las que tú mismo te has atribuido tan sereno y consciente. Empiezas a pensar en tu familia, en cómo le afectara tu nueva labor y en sí sabrás conciliar correctamente lo que fuiste y lo que eres. Asumes ser el alcalde de todos, conocedor tanto de los que te han apoyado desde el primer instante en que quisiste ser el regidor del pueblo como de los que hicieron todo lo posible para que nunca lo lograses. Miras frente a frente al poder y te sientes comprometido.

Y se consuma el frío relevo institucional entre un ex alcalde que no quiso presenciar el cambio de corporación municipal y un nuevo regidor que, en su investidura, no tuvo palabras de gratitud para quien durante veinte años fue el representante de los fraileros.