Me pregunto cómo miró a sus hijos la noche antes de quitarse la vida;  si entró a sus habitaciones para contemplarlos mientras dormían o si decidió acercarse en silencio a sus camas, como un fugitivo, y arroparlos con ternura. Tal vez ellos se despertaron y le miraron sin decir palabra, tal vez se sintieron seguros al ver que otra vez  estaba allí el  guardián de sus sueños para protegerlos. Es posible que en ese preciso instante los ojos de sus criaturas lo amarrasen a la vida con un hilo muy fino que él ya había visto antes. Es muy probable que un brote de amor lo arrastrase hasta las profundidades del devenir de su existencia; igual en ese momento pensó que merecía le pena seguir vivo. Al escapar de aquella habitación las dudas volvieron a acorralarle porque por mucho que quería pelear no encontraba fuerzas. No pudo hallar energía ni ilusión, tan solo la certidumbre de ser esclavo de una terrible verdad. Puede que al acostarse junto a su mujer estuviese ya abatido y tan cercano a la nada como para desear que el sueño de aquella noche fuese infinito. Pero al día siguiente tuvo que despertar y huir de la que había sido su casa porque solo así se puede escapar de una vida. La realidad que lo devoraba era el sentir que su tiempo se había acabado, que ya no tenía ganas de nada y que solo encontraría la paz marchándose para siempre. Me pregunto qué pensó momentos antes de suicidarse; si fue capaz de sentir afecto por la vida, si entendió de pronto que somos insoportablemente leves.