Un viejo cartel que rezaba ‘Freilas’ nos alertaba de que por fin habíamos llegado. Tras cinco horas de viaje, mis compañeros y yo  encontramos el municipio del que tanto nos habían hablado. Queríamos pasar unos días y descubrir si de verdad era tan grande la crispación política entre los habitantes del pueblo. Muchas de las cosas que nos contaron parecían auténticos disparates. Necesitaba verlo con mis propios ojos para dar crédito a tan peculiares insinuaciones. Así que una vez nos instalamos, mientras mis amigos descansaban en la habitación del hostal, pensé en salir fuera en busca de alguna situación que captara mi interés. Durante todo el viaje tuve un picor insoportable en el ojo izquierdo de modo que antes de salir a la calle cogí el líquido de las lentillas y me eché una cantidad generosa. coloresEl escozor que sufría provocó un pequeño riachuelo de lágrimas resbalando por mi mejilla. “Necesito una cerveza”, pensé. Entré a la taberna más cercana y una vez recuperé la vista, tras la transformación de mi pupila debido al contraste de luz fuera y dentro del local, advertí que todos los clientes, de edad avanzada en su mayoría, llevaban puestas camisetas rojas.

-Una San Miguel, por favor- pedí al camarero tras empotrarme en la concurrida barra.

- ¿De dónde es usted?- me preguntó con cara de pocos amigos, deteniendo su mirada en mi camiseta.

- Soy de Castellón. He venido con unos amigos a pasar unos días.

- Aquí sólo tenemos Cruzcampo- contestó abriendo una botella y sirviéndomela, su rostro aún más serio que al principio.

“Bien empezamos”, me dije al tiempo que noté que el individuo postrado justo a mi derecha no cesaba de mirarme.

- ¿Es usted del PP?- disparó el hombre de barriga desproporcionada.

-  ¿Perdone?- contesté.

-   Se lo digo porque aquí todos somos socialistas. Su camiseta es blanca, las nuestras son rojas. Si viene más por aquí ya sabe lo que tiene que hacer.

-   ¿Los bares están politizados?- pregunté con espanto a mi nuevo amigo.

-   Vaya usted al de enfrente. Seguro que le reciben mejor- dijo dándose la vuelta.

Sin pagar la cerveza salí fascinado de aquella taberna con dirección a la que me acababan de recomendar amablemente. Desde una ventana comprobé que los inquilinos de este bar lucían colores azules en sus uniformes y que eran más jóvenes que los clientes del establecimiento anterior. Antes de entrar regresé a la habitación del hostal y cogí dos sudaderas que tenía, una roja de los Chicago Bulls y otra azul de la selección Argentina, ésta última me la puse, guarde la otra en una mochila y entonces entré al bar  de ambiente más juvenil.

-Una Cruzcampo, por favor- solicité al regente.

-Disculpe señor, aquí solo tenemos San Miguel. Le pondré una, seguro que le gusta- contestó.

Apenas había dado un par de tragos cuando un treintañero se me acercó con paso firme.

-Perdone, no he podido evitar fijarme en el hermoso azul de su sudadera. Me presento, soy el alcalde del pueblo. ¿A qué debemos el placer de su visita?

-He venido simplemente a descansar. Me habían hablado mucho de este lugar- respondí disimulando mi sorpresa.

El alcalde empezó a invitarme una y otra vez a cerveza hasta tal  punto que ,entre el frenesí del alcohol y la extraña experiencia que estaba viviendo, me sentí más colocado que nunca. “Vuelve usted cuando quiera, este es el mejor sitio del pueblo. Mañana le enseñaré otros lugares. Y cuídese el ojo, lo tiene demasiado rojo”, me dijo el alcalde sonriendo. Tras despedirme de aquella tripulación azul, guardé mi camiseta en la mochila y a la vista de todos, en plena calle entre un bar y otro, me puse la sudadera de los Bulls. Desafiando mi propio equilibrio logré volver a ingresar en el local donde sólo servían Cruzcampo.

-Antes me fui sin pagar. Pido disculpas… póngame una cerveza-balbuceé como pude.

-No se preocupe. Tenga, a ésta le invito yo- aseguró el camarero.

-Sabía que eras de los nuestros. Venga, te invito a un whisky- se me acercó el barrigón de antes dándome una palmada en la espalda.

A pesar de la borrachera era evidente que el cambio de sudadera había provocado que ahora todos quisieran hablar conmigo. Además, me invitaban a cubatas como si fuese un familiar o un amigo de toda la vida. Llegó la noche y apenas podía mantenerme en pie. Al salir a la calle tropecé con el alcalde, los dos caímos al suelo.

-¡Qué poca vergüenza!¡Ha engañado a los míos! ¿Qué hace con esa sudadera de los Chicago Bulls? ¡Por el amor de Dios! ¡Mañana mismo se va usted de mi pueblo!- me vociferó el alcalde desde el suelo.

Como iba tan borracho que no podía ni hablar, empecé a reír de forma descontrolada delante de aquel señor de azul. El estruendo de mis risas provocó que los clientes  de ambos locales salieran a la calle. Pude notar desde el suelo la tensión justo antes de quedarme dormido.

A la mañana siguiente desapareció el escozor en mi ojo, un pelo se había quedado atrapado en mi lentilla izquierda. Ahora sólo tenía dolor de cabeza. Cuando llevé a mis amigos a los bares de la noche anterior me llevé una enorme decepción. Todo estaba tranquilo. Habían desaparecido los colores.