La mentira tiene, gracias a su esencia ficticia, un poder de atracción que en  muchos casos supera al que atesora la verdad. Ante la imposibilidad de alterar a nuestro antojo la  realidad a la que vivimos encadenados, la mentira aparece como una tentadora puerta tras la que se esconde una fantasía individual que cada cual diseña a su gusto. Una seducción irrenunciable. Justo esta ilusión origina artes como el cine, la literatura o el teatro, fuentes interminables de mentiras vertidas al público como si fuesen verdades hasta tal punto que las mejores piezas llegan a emocionar más que las propias situaciones reales. La mentira como arte ha tenido (y tendrá) a lo largo de la historia un magnetismo incomparable al que pueda llegar a desprender cualquier existencia auténtica. La razón es sencilla, en el mundo ficticio el yo autor es equivalente a Dios. Y ser una divinidad permite al creador trazar su mundo ajeno a cualquier máxima religiosa, científica o cultural, decidir quienes habitarán este nuevo universo, influir en los comportamientos de los seres que ha originado como si fuesen frágiles marionetas. El autor puede hacer lo que quiera porque domina absolutamente cada rincón de esa farsa que ha decidido parir. Pero por muy real que trate de comunicarla al receptor ambos son conscientes de que todo es imaginario. Existe entre el sujeto creador y el destinatario de la obra un pacto que evita confundir las ficciones con  lo que llamamos el mundo de verdad y, sin duda, en este contexto la mentira es una herramienta maravillosa. En cambio, cuando la invención salta a la escena de lo real enmascarada de verosimilitud  se convierte en un arma generadora de conflictos entre las personas. Las situaciones más evidentes del papel corrosivo de la mentira en las relaciones humanas se dan cuando alguien se sirve de ella para intentar aprovecharse de otro. Eso mismo les pasó a los jóvenes fraileros del denostado equipo de baloncesto. Sin quererlo se descubrieron como personajes de un teatro dirigido por un extraño fabulista que supo mezclar verdades y mentiras para construir un relato de prólogo creíble. El individuo se presentó como un ex jugador profesional y prometió a los muchachos entrenarlos con vísperas a una innovadora competición. Al constatar que el tipo realmente tuvo un pasado como deportista, los fraileros le concedieron crédito. Fue entonces el momento en que el recién estrenado entrenador subió el telón de una obra que terminó por ser una cruel farsa emocional. Una vez los jugadores comprobaron que todas las promesas no eran sino pueriles mentiras decidieron terminar la película empezada por su deficiente ilusionista. Se había roto el pacto de credibilidad y tenían que volver al mundo auténtico, abandonar la cancha sin haber llegado a pisarla y aceptar que habían sido estafados. Y  como las trolas que más duelen no son las que ahondan en los bolsillos sino las que dejan huérfanos los deseos, el CB Frailes fue una víctima mortal de un tráfico de ilusiones en el que la mercancía resultó ser de mentira.