Era un tipo realmente asqueroso. Y entre su porquería reinaba la de orden moral. Se ganaba la vida dando clases de Economía en un instituto. Su nombre era JJ y lucía una fachada cuidada y elegante que contrastaba con la doctrina sucia y paleolítica que mostraba sin reparos al alumnado. Calvo, entrado en carnes, bigote sutil, parecía una replica del muñeco insignia del Monopoli, juego infantil cuyos protagonistas son billetes falsos. Sin embargo, en el caso que les vengo a contar el falso era JJ, profesor que explicaba en clase qué hacer con los billetes de verdad. Otra vez la realidad retratando a la ficción. A lo que íbamos, JJ enseñaba eficazmente los principales axiomas económicos, al tiempo que arrojaba durante sus magisterios las particulares y vergonzantes costumbres que habían hecho de él un individuo burdo y descuidado, pasado de rosca. El hombre encontraba muy normal hablar de macroeconomía y, a la misma vez, escanear con descaro las tetas de las alumnas de primera fila. Tampoco tenía inconveniente en interrumpir la clase para coquetear con alguna estudiante, era  capaz de crear una situación intimista en un aula de treinta personas. Y no era teatro. El galán (de tercera regional, pero galán) se esforzaba y testigos éramos los allí presentes, tan atónitos y sonrojados ante el espectáculo que reíamos porque llorar suponía mayor esfuerzo. Le gustaban las jóvenes y es comprensible. Pero, un profesor, un educador, al que le presupones cualidades humanas y profesionales, llevando a cabo este tipo de comportamientos daba que pensar,  mal pensar mejor dicho. “Si este tío hace esto en su trabajo, ¿cómo será en su casa?”, pensaba yo en esos tiempos del bachiller. JJ, como el resto de educadores, debía dar ejemplo. Se entiende por maestro un referente, un espejo en el que los alumnos puedan mirarse. Con JJ  no servían ni los espejos cóncavos propios de la literatura esperpéntica. Ningún alumno podría imitar su conducta porque sería consciente de estar haciendo el capullo. El problema que teníamos los alumnos de JJ consistía en que él era el capullo y también el profesor que públicamente expresaba una romántica añoranza a la época franquista. Nada podíamos hacer. Invertir los papeles habría sido más saludable para todos. Él aprendería modales enfrente de la pizarra y nosotros tendríamos un maestro presentable. Pero eso no pasó y lo sufrimos dos cursos seguidos.

Lejos de mi intención está demonizar a este sujeto, al cual no conozco personalmente (ni tengo interés), pero sí retratarlo y denunciarlo como lo que realmente fue: un impostor, un suplantador que se hacía pasar por alguien que no era, un hombre que olvidó su deber pedagógico mientras seguía cobrando un sueldo del Estado. Y trabajadores así salen muy caros. Igual pasa con el político corrupto, el policía mafioso, el trabajador social maltratador, el periodista esclavo de intereses partidistas… Todos éstos suponen un importante déficit de calidad para el sistema. En el momento actual, donde prima la carestía laboral, la presencia de impostores provocará en la sociedad un daño social, político y económico difícil de reparar. O lo que es igual, más crisis a la crisis.