Todos los veranos la misma historia. Te sientas en el balcón de la terraza bien entrada la noche, asomada la madrugada, apurando las horas antes de poner punto y final a un día agotador. Buscas esos minutos de respiro, de alivio, de esa tranquilidad tan de pueblo, tan preciada cuando ya has sufrido los constantes ruidos de las urbes. Pero te la maltratan, a veces incluso te la roban. Y siempre son los mismos. Lo suyo es inexplicable. Disfrutan haciendo ruido. Disfrutan jodiendo al resto que perseguimos el silencio con las mismas ganas con las que ellos aprietan el acelerador poseídos por la estupidez. Les gusta exhibir su coeficiente intelectual noche tras noche retozando a base de escandalosas pedaladas. Pienso en esos golpes de gas y es inevitable que mi mente reciba una imagen de un burro dando coces. Pero no es lo mismo, la coz de un asno (o un burro) tiene un sentido, un fin. El animal realiza ese brusco gesto porque entiende que está siendo atacado, que está en peligro, defiende de alguna manera su espacio. Incluso los amantes de los animales podrán advertir algún resquicio estético en el movimiento defensivo de la bestia. Quién sabe. En el caso de estos motoristas, que evidencian tener únicamente lleno de gasolina el deposito, ni rastro de sentido a su infatigable estruendo. Pedirle  alguna floritura estética es casi como pedirle al burro que hable. Analogías a parte, pido disculpas al reino animal por implicarlo en estos asuntos y, desde luego, por compararlos con estos personajes que cabalgan en grandes ruedas. Y de aquellos que aprovechan esas mismas horas (en las que descansan el resto de mortales) para circular a toda pastilla al tiempo que comparten con la comunidad durmiente la música de sus autos, ¿qué puedo decir? Son primos hermanos de los inspirados motoristas. La única diferencia es que van a cuatro ruedas lo que, matemática en mano, podría declararles como el doble de tontos. Éstos últimos destacan por tener un ego muy desarrollado. Tienen la imperiosidad necesidad de hacerse notar, te dicen “Tú estás durmiendo, pero yo ¡mírame! Alucina con mi música, mira mi coche, las llantas plateadas, el alerón reluciente. ¿Cómo no voy a poner el volumen al máximo? ?Cómo no voy a tocar repetidamente el claxon? Soy único e irrepetible”. Posiblemente exagero, no son tan primates estos seres, estos centauros con motor. Igual llegan a sus casas tras agitar la tranquilidad nocturna del pueblo y leen Platero y yo. Eso sí, el burro por delante.