Decido leer  la última novela de Michael Jacobs, La fábrica de la luz, sobre las vivencias del autor inglés en Frailes, debido a las protestas de algunas personas aludidas en la ficción. La denuncia que un hombre interpone contra Jacobs por la descripción que hace sobre su difunta madre estimula mi curiosidad. El morbo que tantas veces condeno y repugno se convierte en el motivo primero que me zambulle en el Frailes de Jacobs. Deseo con ansia reconocer qué hay en el libro que suscita polémica  entre ciertos habitantes del pueblo. Y celebro la controversia  por la naturaleza de la misma. Apostaría a que es la primera vez que una obra literaria recorre las calles de Frailes y genera algo similar a un fórum  entre los vecinos. No es un triunfo cualquiera el logrado por el escritor británico.

Inmerso en la novela, trato de poner especial empeño en identificar posibles temas de discusión, cuestiones que puedan sentar mal a los lectores fraileros convertidos también  en personajes de la pieza literaria. Pero no encuentro en sus páginas nada parecido a la ofensa. Todo está escrito desde el absoluto respeto y con un hiperbólico afecto hacia la Sierra Sur, en general, y hacia Frailes, en particular. A pesar de que hay temas sensibles para las gentes del pueblo, especialmente la devoción por el santo Custodio. No advierto aquí frivolización por parte de Jacobs, consciente de la enorme fe que despierta esta figura popular en numerosas familias de la zona. Quizás, alguien pueda criticar un uso mediático del tema para conseguir más ventas (la fotografía del santo Custodio en la contraportada como cebo para ancianas devotas que no sepan leer y compren el libro), pero todo el que lea la historia constata que el autor acaba rezando, literalmente, al famoso Custodio.  Otro asunto que podría ser delicado es la insistencia con que Michael Jacobs califica de “borrachos” a personajes (personas en la realidad) como Bubi o Chica. Sin embargo, de igual manera los describe con cariño, revelando sus identidades emocionales menos conocidas, evitando, al mismo tiempo, recrearse en sus miserias.

Como obra literaria La fábrica de la luz puede agradar, desagradar o pasar indiferente. El problema es que haya gente que la acepte como  una construcción periodística, un relato cuyo fin es la veracidad. No es el caso. Aunque Jacobs contextualice la obra con reseñas biográficas no deja de ser una ficción intencionadamente disfrazada de su experiencia personal. El autor crea, bajo un marco de realidad, una ficción propia. Por ello, es absurdo y roza lo esperpéntico que Jacobs acabe en un pleito judicial con un lector molesto por la descripción de un personaje, no de una persona. El incidente puede servir para que  el propio escritor decida hacer otra novela. Y posiblemente el género elegido sería la comedía.

No tengo claro si como frailero quiero más o menos al pueblo después de leer la novela. De forma placentera confundo entre las páginas de la obra mi pueblo de toda la vida con el Frailes jacobsiano. Afortunadamente, mi nivel de confusión no es peligroso.